Las Historias

El Conocimiento Libera
la historia de Jorge
Cuando me diagnosticaron con el cáncer sarcoma de Kaposi, relacionado al SIDA, trabajaba como Educador de Pacientes y Asistente de Investigación en un hospital de la ciudad de Nueva York.
Visité a un quiropráctico en el mismo hospital para tratarme los efectos secundarios de la quimioterapia. Fui a su oficina y llené los formularios donde dejaba saber que tenía VIH
(el virus que causa el SIDA) y el tratamiento que recibía. Me pidió que me quitara la camisa. Cuando vio las lesiones en mis brazos, pecho y espalda, se apartó horrorizado. Cuando le recordé que tenía VIH y cáncer, me informó que no me atendería por miedo equivocado a infectarse.
Avergonzado, humillado y herido me vestí y recogí mis papeles. Al llegar a mi oficina no contenía la rabia ante tan gran injusticia e ignorancia. Sin más pensar, haciendo uso de mi conocimiento, hice valer mis derechos montando una denuncia exitosa ante la Comisión de Derechos Humanos.
El conocimiento me da el valor para salvaguardar mis derechos.

El Rechazo Destruye
la historia de Carlos
Carlos, mi primo y buen amigo, es muy popular en la universidad, tiene cantidad de amigos y admiradores. Su familia lo adora. Tiene una personalidad desbordante y una insaciable sed de vida. Sus grandes ojos negros, amplia sonrisa y blanquísimos dientes deslumbran a todos los que conoce. Llena el ambiente con su risa vibrante y gran sentido del humor.
Pero un día descubre que tiene VIH (el virus que cause el SIDA). Trabaja de noches y duerme por el día; así se esconde de lo demás. Pronto comienzan a correr rumores sobre su condición entre sus amistades. Ya no es bienvenido. Su familia evita las preguntas sobre él, jamás dejan saber o admiten que tiene VIH.
Ya no puede vivir con la vergüenza, la soledad, y el rechazo. Un día Carlos decide que hay sólo una salida. Deja de tomar sus medicamentos y permite que el VIH corra un curso letal. En poco tiempo, desaparece.
El rechazo acabó con Carlos.

El Apoyo Fortalece
la historia de David
Yo siempre había sido el chico divertido y popular, mi casa estaba llena de gente todo el tiempo. Sin embargo, en el 1995, cuando me diagnosticaron con el VIH (el virus que causa SIDA), comenzó una batalla en mi vida con mi familia, con mis amigos y conmigo mismo.
Después de unas cuantas hospitalizaciones, confié en compartir lo que me sucedía con todos a quienes consideraba mis amigos para que pudieran ayudarme, si era necesario. Luego de esta revelación, la mayoría de ellos dejaron de tener tiempo para mí. Siempre estaban ocupados cuando los invitaba a fiestas en casa. Ya no me llamaban ni me respondían los mensajes.
Durante toda esta lucha, tres grandes amigos me escucharon y contuvieron en todo momento. Me ayudaron a encontrar un trabajador social, me acompañaron a mis citas médicas y me alentaron a asistir a los grupos de apoyo. De esto hace 13 años y me siento muy afortunado. Nos vemos frecuentemente y siempre me llaman para saber como estoy, si necesito algo y si me estoy tomando mis medicamentos.
El apoyo de mis amigos me da la fuerza para nunca rendirme.

La Compasión Sana
la historia de Gabriel
Yo siempre tuve una relación muy cercana con mi madre. Cuando le conté que era gay, me aceptó y me apoyó desde el primer momento.
En el 2001, me desmayé en el trabajo. Un amigo me llevó al hospital. Caí en coma, diagnosticado con meningitis relacionada al SIDA. Mi amigo llamó a mis hermanos, con quienes compartía un gran afecto. Cuando los médicos les dijeron que yo tenía VIH, asumieron que me había infectado por ser gay y me dejaron de hablar por tres años.
Afortunadamente, mi madre me acogió y me acompañó durante esos momentos difíciles. Cada día me inspiró a enfocarme en mi salud y bienestar.
Con el tiempo, he podido perdonar a mis hermanos y restablecer una buena relación con dos de ellos.
La compasión de mi madre sostiene mi vida.
